A 20 años de Cromañón: testimonios de una masacre que marcó a la sociedad argentina

El 30 de diciembre de 2004, República Cromañón se convirtió en el escenario de una de las tragedias más estremecedoras de la historia reciente del país. Aquel boliche, ubicado en el barrio de Once, se transformó en una trampa mortal para miles de jóvenes que asistían al recital de Callejeros. La noche terminó con 194 muertos y más de 1.400 heridos. Entre los sobrevivientes, Federico Claramut, que tenía apenas 20 años, recuerda con dolor y claridad los eventos de esa fatídica jornada.

«Acá hay uno vivo»

Federico estuvo al borde de la muerte. Quedó atrapado bajo una pila de cuerpos en medio del humo denso que invadía el lugar. A apenas 20 centímetros del suelo, logró sobrevivir gracias a un pequeño hueco que le permitió respirar. Un bombero lo rescató y lo arrastró hacia la salida, donde su hermana Agustina ya lo esperaba, desorientada pero viva.

“Quedé en shock. No podía abrir los ojos ni moverme. Lo único que intentaba era respirar. Cuando me sacaron al pavimento, pensé que me moría. Me acuerdo de un amigo que intentaba reanimarme, y yo quería decirle que estaba vivo, pero no podía hablar”, relata Federico.

Para él, el fuego desatado por una candela y las consecuencias devastadoras fueron producto de una cadena de irresponsabilidades. “Las puertas laterales estaban atadas con cadenas, el lugar estaba al cuádruple de su capacidad, y el techo, una media sombra, se prendió como si fuera papel. Si las puertas hubiesen estado abiertas, el boliche se vaciaba en tres minutos. Esto está en una pericia de Bomberos”, subraya.

Una noche que marcó una generación

Como tantos otros jóvenes de la época, Federico y su hermana eran seguidores de Callejeros. “Habían tocado los dos días anteriores con el lugar igual de lleno, y el comportamiento del público había sido el mismo. Nunca pensamos que algo así podía pasar”, recuerda. Pero esa noche, todo cambió cuando vieron cómo las chispas de la pirotecnia empezaban a incendiar el techo.

“Primero pensamos que lo iban a apagar, pero no fue así. La gente empezó a correr, y nosotros también. Agustina logró salir por su cuenta. A mí me sacaron los bomberos”, rememora Federico.

Los días posteriores fueron de angustia y desconsuelo para los Claramut. Buscar amigos, organizar sus pensamientos y enfrentar la magnitud de lo ocurrido fue un proceso traumático. Decidieron dejar la ciudad y pasar un tiempo en Mar del Plata. A su regreso, Federico comenzó a militar en el colectivo No Nos Cuenten Cromañón, que busca mantener viva la memoria de la masacre y exigir justicia.

La responsabilidad de Callejeros y el Estado

Federico opina que Callejeros fue víctima de un sistema corrupto y negligente. “Les mintieron. Tuvieron una responsabilidad moral, pero no más que el funcionario que habilitó el lugar o el que puso candados en las puertas. Ellos no querían que esto pasara. Se tiraron de cabeza al público para salvar gente y metieron a sus familias en un balcón sin saber que el techo se iba a prender fuego”, reflexiona.

Para él, el peso de la culpa debe recaer sobre quienes permitieron que Cromañón operara en condiciones inseguras: el Estado, los organismos de control y los responsables de habilitaciones.

Un cambio necesario, pero insuficiente

Desde Cromañón, las normas de seguridad en eventos masivos y habilitaciones han cambiado drásticamente. Se respeta la capacidad máxima de los lugares, y los controles son más rigurosos. Sin embargo, Federico advierte que aún falta un cambio cultural.

“Hace poco vi el recibimiento a River en el Monumental con bengalas. Era lindo para muchos, pero estaban cayendo brasas sobre la gente. No pasó nada, entonces quedó como algo anecdótico. No podemos dejarlo pasar. Ahí es donde necesitamos avanzar. Ya pasaron 20 años, pero parece que algunas cosas se olvidan”, afirma.

Un reclamo que es ley

La reciente sanción de la ley de reparación vitalicia para sobrevivientes y familiares de víctimas de Cromañón es un paso importante, aunque tardío. La norma contempla asistencia económica y programas de salud, salud mental y educación. También amplía el padrón de beneficiarios, aunque solo hasta agosto próximo.

Federico resalta la importancia de esta ley, pero lamenta que solo un tercio de los sobrevivientes esté registrado. “Muchos no tienen contención psicológica ni económica. Es fundamental que el Estado se haga cargo”, concluye.

La memoria como herramienta de cambio

A dos décadas de la masacre, Federico sigue tocando música y asistiendo a recitales, aunque con una nueva conciencia sobre los riesgos y las responsabilidades. “Como músico, Cromañón me abrió los ojos. Hoy respeto a rajatabla la capacidad de los lugares y la seguridad de mi público. No quiero que nadie pase por lo que yo viví”, reflexiona.

Cromañón dejó heridas imborrables, pero también enseñanzas. Para Federico y otros sobrevivientes, recordar no es solo un acto de memoria, sino una forma de exigir justicia y garantizar que una tragedia así no se repita.